Primera vez

Apenas podía asumir lo que le había ocurrido, lo que le estaba ocurriendo. Se pasó el dorso de la mano por la frente para secarse el sudor. Con las pupilas dilatadas por la oscuridad de la noche de verano se fijó en los ojos de ella. Ella le miraba a él, también con las pupilas dilatadas, también con la frente empapada, también desbordada por las emociones. Cada uno parecía el reflejo del otro. Quietos reflejos. Extendió el brazo, abrió la palma y tomó el pecho que ella ofrecía vacilante. Ahora ella tenía los ojos cerrados. Él se asustó un instante pero continuó. No se oía ni un alma. Le gustó la sensación blanda primero y firme más tarde. Curiosa naturaleza la de las tetas.

Un dolor difuso en el centro del abdomen le recordaba el peso de la responsabilidad. Quería hacerlo bien. Volvió a retirarse, esta vez para contemplar el cuerpo adolescente que tenía ante sí. No sabía qué hacer ante tal espectáculo. Era más bello de lo que había imaginado. Tampoco se había esforzado demasiado por imaginarlo. Las curvas que se dibujan en la penumbra le parecían armoniosas, perfectas. Sintió vértigo por primera vez y también estúpido al pensar que todo sería tan fácil como el beso. Pero el beso ya había pasado y lo había hecho bien, muy bien incluso. En ocasiones se había besado con la almohada y había intentado reproducir con ella aquello que había visto en el cine y la televisión. Al parecer el entrenamiento había dado resultado.

Horas antes, en la playa, algunos estaban jugando en la orilla valorando la posibilidad de entrar poco a poco o zambullirse a la carrera en el agua. Uno con mala intención lanzaba una patada sobre la lámina transparente para proyectar una lluvia fresca sobre su víctima. La técnica funcionaba porque, ante la repentina sensación de frío, el contraataque era prácticamente imposible dando una nueva ocasión al sadismo playero. Más lejos del mar, él y ella se encontraban solos, tendidos sobre un despliegue de múltiples toallas. La de él era azul oscura con un bajo relieve de nudo marinero. La de ella, verde con margaritas bordadas en las cuatro esquinas. Desde su cómodo emplazamiento apenas oían el jaleo de la orilla.

- ¿Por qué no te tumbas aquí al lado? A Elena no le va a molestar que te eches sobre su toalla un momento. - dijo ella. Él obedeció sorprendido. Pero cuando se tiró al lado de ella le defraudó no encontrarse con sus profundos ojos negros. Fijó su vista entonces en el otro extremo del mundo como si, por la naturaleza esférica del planeta, una mirada lanzada con la suficiente energía pudiese dar la vuelta completa. “Si tirases una pelota a la velocidad precisa, ésta podría describir una trayectoria alrededor de la Tierra.” Lo había oido en un documental de aparente prestigio.

Entonces llegó una sensación que tardaría mucho tiempo en desaparecer. Notó que su mano se alejaba del resto de su cuerpo, hasta el punto de encontrarse a medio camino con la de ella. Ambas se cerraron la una sobre la otra. A continuación, como la contracción agónica de una trepadora, sus brazos se enroscaron. La distancia entre ambos, que antes era amistosa, había desaparecido para siempre. De súbito sus rostros se giraron y la coreografía se cerró en un beso abierto. Cuando las lenguas se tocaron, algo en sus entrañas se removió. Una corriente eléctrica nacida de la boca del estomago subió a través de su lengua para continuar simétrico camino en el interior de ella. Él notó como sus dientes se aferran a las encías ante tal vibración. Una fuerza extraña les mantenía magnéticamente fundidos. Se besaron con fuerza mientras él oscilaba su cabeza levemente en un intento de emular lo visto en las películas. Ella le agarró con las dos manos para impedir la ridícula imitación. Se separaron y, aún conmocionados, se dieron un respiro. Sonrieron y acumularon algo de saliva para humedecer la complicidad que acababa de nacer. Había que mejorar la conductividad. Sólo un momento después volvieron a acercar sus bocas.

Y siguieron acercándose una y otra vez. Incluso cuando él está encima de ella en la habitación de sus padres y a ella se le escapa una lágrima. Incluso cuando notaron el entorno húmedo entre las piernas y ella se asustaba y le decía que parase. Y le preguntaba porqué sangraba y él se quedaba mudo. Se sintió por un momento el más egoísta del mundo al darse cuenta que le preocupaba más qué diría su madre al ver aquella mancha del tamaño de una mariposa. Una repentina sensación de soledad hizo que ella agachara la cabeza, y sollozara. No entendía cómo en un momento de felicidad garantizada, su corazón se sintiese embargado por la angustia.

Hay recuerdos que, de tan intensos, necesitan permanecer enterrados un tiempo prudencial antes de volver de forma periódica y perpetua. Y así le sucede a él. Tiene la sensación de que una mano que viene del pasado agarra la primera víscera al alcance y tira con fuerza. Y entonces, por un momento vuelve a encontrarse en esa habitación en penumbra, en la que la luz melancólica de la luna ilumina la mitad más triste de su rostro. Cuando le invaden las imágenes de aquel día inolvidable no puede evitar poner una mueca de dolor y disgusto, con el sabor amargo de la derrota y la vergüenza. Y entonces cierra los ojos y aprieta los dientes, hasta que desaparece ese maldito efecto. Y cuando le preguntan si le ha sentado mal la comida o tiene dolor de cabeza es todavía más consciente de la trágica naturaleza que tiene la memoria humana: no distingue lo feliz de lo nefasto. Tan solo considera el eco del grito que no chillaste en el momento.

4 comentarios:

Marc R. Soto dijo...

wow!! Me gusta, me gusta. Me gustan los detalles: las margaritas en las esquinas de la toalla de ella; los nudos marineros en la de él. Y sobre todo esa mariposa de sangre en la sábana (me gusta más "mariposa de sangre" que "mancha de sangre del tamaño de una mariposa", porque la primera metáfora funciona a muchos más niveles: tamaño, forma, carácter efímero, las mariposas se asocian también con la infancia -perseguir mariposas- y la inocencia... tal vez "la mancha de sangre, como una mariposa muerta entre las sábanas"...sí, ésta última... vale, paro que empiezo a desvariar).

Además está bien escrito (o muy poco desenfocado, jeje). Si tan sólo tuviera un pequeño giro final... Si fuera mío diría que ella gritó de dolor o algo así y él tuvo que sofocar sus gritos, tuvo que hacerlo, tuvo que coger la almohada y apretarla contra su rostro... y terminar después lo que había empezado. Y añadiría -repitiendo y cerrando con el principio-: "qué curiosa la naturaleza de las tetas, qué blandas al principio, y qué duras después. Cuando llega el rigor mortis".

:D

Síp, soy macabro, no puedo evitarlo... :D

Eva dijo...

Está muy bien, Sebas. Es un relato muy intimista. Y no le hagas caso a Marc, que siempre está matando a gente en sus relatos (hummm, ¿debería preocuparme?)
;-P

Unknown dijo...

Supongo que para alguien de ciencias como yo, cualquier pieza literaria que se salga del 2+2=4 resulta sorprendente...Pero me encantó descubrir tu blog, me gusta cómo escribes,cómo describes...cómo haces sentir al lector inmerso en la historia.

Y me gusta darme cuenta de lo mucho que me queda por aprender.

Un saludo, quedas invitado a mi "mundo". Volveré, claro está maestro.

Unknown dijo...

Por cierto, acabo de leer que estás en Bournemouth...yo pasé varios meses allí hace años, en el verano de los 16. Lo recuerdo tranquilo...y de playa. Se comía mal...pero la gente era agradable, eso lo compensaba.