El guante perdido

Posó el maletín un momento y buscó en el bolsillo un paquete de cigarrillos. Las ojeras, que habían dejado de parecer maquillaje para convertirse en atributo permanente, delataban noches enteras en vela. Con su mano izquierda alcanzó su muñeca derecha para rascarse mientras buscaba en el bolsillo el tabaco. Por un momento parece más epiléptico que insomne. “Mierda, sólo me queda uno”. Una sucesión de imagenes escabrosas le atormentaba sin descanso y se había agarrado a la nicotina hasta ese momento como contramedida. No vió ningún motivo para cambiar de estrategia. Encendió el último pitillo, volvió a tomar la maleta samsonite y emprendió el camino con todas las energías de que disponía en ese momento.

“Aunque encuentren el guante, no hay peligro. No se pueden dejar huellas en un forro de lana”. Y sin embargo no había modo de convencerse a sí mismo, de calmarse. Entró en el vagón y ocupó el último asiento libre. Descansó la cabeza sobre su palma derecha. Sus parpados cayeron lenta y pesadamente, por primera vez en más de veinte horas. Un movimiento le despertó. Le dolía la espalda de ese modo en el que todas las vértebras de la columna se advierten una a una. Se levantó al reconocer la estación en la que se habían parado y atravesó el espacio que le separaba de la puerta como el que tiene que cruzar la jungla a golpe de machete. Murmullos de desaprobación tras de sí. Aprovechó para frotarse la muñeca el picor insistente mientras miraba a la hora. “Llego”.

Entró en la amplía sala que acogía a los escritorios de sus compañeros de trabajo. Casi todos estaban allí pero el rumor matinal de comentarios desenfadados y legañosos no podía escucharse. “Tengo que tomarme un café ya”. Se encontró con su secretaría a unos pasos de la máquina.

“Lo siento mucho. Que sepas que lo siento mucho.”

“No pasa nada Ana. Intentemos concentrarnos en el trabajo. Quizá así podamos aliviarnos en parte.” respondió él.

“Que sepas que me tienes para lo que quieras.” se ofreció ella. “He dejado pendientes de tu confirmación todas las citas programas desde el viernes. Puedo cancelarlas, lo comprenderán.”

“Si queremos salir adelante debemos continuar con la rutina. Ana deseaba que el proyecto Ciudad Nueva fuese un éxito. Se lo debemos.”

“Admiro el espíritu que tienes. Es inspirador.”

Él despreció el aire empalagoso de Ana. En ocasiones era cargante pero su competencia y eficacia en las tareas comunes equilibraban la balanza. En este momento lo encontraba insoportable. Se dirigió a su despacho.

“Sergio” añadió apresuradamente Ana por encima de su hombro “se me olvidó comentarte que ha venido la Policía”.

“¿La Policía?” se sorprendió él “¿qué quieren?”

“Me han dicho que simplemente siguen la rutina policial y están comprobando los horarios de Paola de la semana pasada, a qué hora entró y salió de la oficina.” le tranquilizó ella.

Se sentó en su sillón de despacho y agradeció el diseño anatómico que en ocasiones encontraba demasiado cómodo para permanecer concentrado en su trabajo. Se despertó al escuchar el sonido de un puño golpeando la puerta de su despacho.

“Adelante”.

Un hombre de traje azul oscuro, camisa blanca y corbata a juego con la chaqueta accedió a la habitación.

“Buenos días señor Blázquez. Soy el inspector Eduardo Pino. Me imagino que su secretaría ya le habrá comentado que hemos venido ha completar algunas cuestiones de rutina policial.”

“Sí, ya me ha dicho Ana que simplemente estaban cumpliendo con sus rutinas” respondió. “¿No tienen sinónimos de rutina policial?” se quejó Sergio.

Protocolo pero es un término que ahora usan nuestros informáticos y al final le hemos concedido su uso.” sonrió el inspector Pino.

Recuperando el gesto serio el inspector se dispuso a tomar asiento, “¿Le importa?”. Se compuso en su asiento y retomó la palabra. “Estamos trabajando para conocer las circunstancias que rodearon a la muerte de Paola Estévez. Por cierto, me han comentado que mantenían una relación más allá del ámbito profesional, ¿es eso cierto?”

“Éramos amigos y habíamos salido un par de veces. Quizá últimamente nos veíamos más a menudo y nuestra relación se encontraba, digamos, en una fase incipiente. No diría que éramos pareja. De hecho, hacía sólo dos meses que conocía a Paola” recitó Sergio.

“Comprendo” concedió el inspector Pino. “Entiendo, por tanto, que ni ella dormía asiduamente en su casa, ni usted en la de ella”.

“Así es” dijo con gesto controlado Sergio. El escozor de la muñeca derecha regresaba y Sergio se volvía a rascar con el gesto casi involuntario que uno desarrolla cuando tu cuerpo empieza a acostumbrarse a ciertos motivos recurrentes. Por un momento Sergio se fijó en su muñeca desde que el picor hubiera comenzado. Durante el fin de semana había tenido muchas otras cosas en que pensar antes que en el dichoso escozor que en principio no se distinguía de la sensación que un mosquito hambriento puede procurar.

La sangre que durante toda la mañana se había acumulado en su estomago por falta de sueño ahora volvía con fuerza a la cabeza, y con ella el miedo. La seguridad en sí mismo y en todo aquello que había ejecutado se derrumbaba. Rápidamente.

“No hemos encontrado muchas pruebas, la verdad” dijo en tono apesadumbrado el inspector Pino.

“Puesto que el guante que dejo el criminal en la huida no contenía huellas capturables. No quiero desagradarle con los detalles de la muerte de la señorita Estévez pero al menos déjeme decirle que ella fue sorprendida a la entrada de su portal cuando volvía de hacer ejercicio en el parque próximo a su domicilio. El asesino se aproximó desde su espalda cuando ella se disponía a acceder al propio portal.” detalló el policía.

“Al parecer el individuo intentó estrangular a la victima pero el forcejeo terminó con una fractura del cuello que resulto finalmente mortal” terminó de describir el investigador. “Lo único que hemos conseguido ha sido una muestra de tejido del asesino encontrada en las uñas de la señorita Estévez. Intentaremos completar la investigación basándonos en ese hallazgo”.

“Y usted ahora me va a pedir una muestra de ADN, ¿verdad?” Los ojos enrojecidos por la vigilia continua de los últimos días encontraban ahora justificación en las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

4 comentarios:

Eva dijo...

Hola Sebas!!

Me ha gustado mucho el cuento, no está nada mal para empezar. me ha dejado con ganas de saber más: ¿por qué la mató? ¿por qué le picaba tanto la mano? ¿por qué se hundió tan rápido delante del policía? ¿de dónde sacaron la muestra de tejido? ¿Habrá continuación? ¿Habrá más malos malísimos? Mmmm, yo creo que aún puedes retorcer un poco más la trama.

Puedo seguir, eh? ;-)

besitosbesitos

PD: Tú sigue dejando comentarios con frasecitas en mi blog, y pronto saldrás en otro relato. Sé muy bien lo duro que es ser Leo ;-)

rosaventeros dijo...

Muy buen relato para estar en la mitad de las condiciones que Sergio y escribirlo del tirón.
Me ha gustado como inicio, para abrir la lata del Blog.
Yo si alguien quiere, puedo aportar fotos que me gusta mucho la fotografía.
Yo creo que se rascaba la mano porque tendría unas ronchas de no lavarse ( Cacho Guarro!!!!)jeje
Un abrazo Sebas.

Javi.

Marc R. Soto dijo...

La verdad es que está muy bien. Lo leí el otro día y me costó un poco pillarlo (pero es normal en mí, porque me cuesta concentrarme cuando leo en una pantalla). Tuve que leerlo un par de veces. Aún así, yo creo que sí se entendía por qué le picaba la mano y de dónde sacó la muestra de tejido la policía, que viene a ser lo mismo, jejeje...

eu.g dijo...

Creo que los comentarios que te mandan son demasiado indulgentes: así no sirven para nada. El relato promete pero no colma, ni calma ni sacia las expectativas de un lector de cuentos de misterio.
Por otra parte tiene errores de diferente calado:

... hemos venido ha completar > hemos venido a completar

Ana deseaba que el proyecto... > Paola deseaba que el proyecto

Faltan un montón de acentos.

Un buen lector no perdona la incomodidad de tener que estar pasando por alto continuamente deslices tan gruesos.
Ánimo de todos modos.